Normalmente ligo con varias personas a la vez. Además, suelo despertarme a comer por la madrugada y mis vaqueros no van a la lavadora sin haber salido a pasear unas tres o cuatro veces.

 

Lo digo con el descaro con el que se confiesa cualquier cosa cuanto todo está perdido: he usado, uso y usaré Facebook, Gmail, Whatsapp y Angry Birds, entre otras aplicaciones que podrían haber hecho de mi móvil una torre de control de la NSA y que, aunque no aporten datos tan específicos sobre mi día a día, sí que podrían estar recogiendo información para…

 

¿Para qué? Ésa es la gran pregunta. La paranoia de que el Gran Hermano, el Tío Sam, Will Smith o quien sea nos está viendo es fácil.

 

Lo difícil es saber por qué somos relevantes para Estados Unidos o UK, o cómo funciona realmente este asunto: da miedo recordar cada chat en el que hemos escrito “bomba”, “bikini” e “imperio” y pensar que algún algoritmo histérico nos pueda llevar a la silla eléctrica por mera asociación.

 

Las aplicaciones estarían cruzando registros, contenido de Facebook y datos del GPS de sus usuarios para cederlos a terceros con fines publicitarios o de seguridad nacional pero, si no somos terroristas y las agencias de seguridad no venden Big Macs, ¿tiene algún sentido todo esto?

 

Lo mejor, mientras se esclarece este asunto, será desconfiar y no permitir a las apps tanto acceso… Lo sabemos: es molesto que no poder enviarnos vidas o compartir récords, pero más molesto será que un día despertemos en un Show de Truman cualquiera, ¿no? / JH

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